sábado , 22 enero 2022

«Rumbo al infierno»: El último fenómeno de Netflix es tan crítico y feroz como «El juego del calamar»

Train to Busan (2016), la peli de invasión zombi del director de Rumbo al infierno que sucede a bordo del veloz KTX –Korea Train Express–, es un espectáculo cinético –con algún tiempo muerto– de sentencia firme, en la mejor tradición del género: nuestra civilización frágil, egoísta y miserable se dirige a máxima velocidad hacia su autodestrucción.

Esta continuación-reboot de una película de animación escrita y dirigida por el mismo Yeon Sang-ho, Seoul Station (2016), arrasó en su país, Corea de Sur, acumulando más de 11 millones de espectadores –siendo el primer título que superaba la barrera de los 10 millones–. Ganó el premio al mejor director y a los mejores efectos especiales en el festival de Sitges 2016 y participó en la sección oficial del festival de Cannes 2016.

Tras el regreso a los escenarios apocalípticos en su despendolada secuela, Península (2020), el cineasta nos entrega ahora una nueva fábula fantástica –a medio camino entre el thriller, el terror y la sátira delirante– en formato serie de tan solo 6 capítulos, para Netflix

Al igual que en Train to Busan, se basa en su propio material, esta vez un webtoon –un formato de cómic online, popular en Corea del Sur– de mismo título, HellBound, creado en colaboración con el guionista y dibujante Choi Gyuseok. En esta propuesta, donde la excusa fantástica es lo de menos, el director vuelve a retratar una sociedad devaluada que se sume en el caos.

Todos somos culpables

En los minutos iniciales del primer capítulo de Rumbo al infierno –ambientada en 2022– un grupo de jóvenes en una cafetería atienden a la pantalla de un portátil. Ven un vídeo de un predicador que advierte de una profecía que se está cumpliendo: un ángel se revela a ciertas personas para anunciar el momento de su condenación al infierno. 

A la fecha y hora señaladas, sea cual sea el lugar, tres monstruos del inframundo se llevarán al alma señalada. Otro vídeo dentro del vídeo muestra a los seres en plena faena, a los que han grabado con un móvil. Una chica parece creerse la historia y sus acompañantes la critican por ello.

Poco después, las criaturas sobrenaturales del vídeo –de forma antropomórfica, plagadas de músculos y hechas de lo que parece ser ceniza– hacen acto de aparición en la cafetería para convertir en carne picada a un pobre desgraciado a base de brutales golpes propios de luchadores de artes marciales mixtas, rematándolo con sus superpoderes y dejándolo reducido a poco más que un torso achicharrado.

 Tras la ejecución los seres desaparecen abriendo un acceso invisible a una dimensión desconocida. El finado recibió el aviso. ¿Quién será el siguiente?

La historia empieza fuerte y nos lanza algunas interesantes preguntas: si ahora mismo contempláramos en nuestro smartphone cómo alguien nos explica que las puertas del infierno se están abriendo en nuestra ciudad y nos lo demuestra con una grabación, ¿nos lo creeríamos? ¿Pensaríamos que es una especie de intervención artística de realidad aumentada? ¿A lo mejor, una campaña publicitaria? ¿Le daríamos un like?.

Muerte a la razón

La serie responde: vivimos en un mundo cada vez más complejo donde empieza a resultar difícil distinguir la realidad de la ficción, la verdad de la mentira o incluso el bien del mal, porque todo parece lo mismo. Ya no nos creemos nada. En una sociedad cansada que parece vivir con el piloto automático puesto, rumbo al infierno del descreimiento, ¿cómo podemos encontrar de nuevo el camino correcto, recuperar la fe y salvarnos?

De esta manifestación inexplicable se beneficia quien sabe explicarla –y comercializarla– para la audiencia: la iglesia de La Nueva Verdad, una secta liderada por el inquietante Jung Jin-soo –Yoo Ah-in, el protagonista de la interesante Burning (2018)–, su presidente, reseñó 20 Minutos

El acontecimiento extraordinario se convierte así en una “demostración” que invalida las inútiles leyes terrenales, la fuerza antinatural deviene en un acto de justicia divina y las víctimas resultan ser pecadores: Jung Jin-soo y sus adeptos instrumentalizan el fenómeno para imponer sus creencias y un nuevo statu quo.

La iglesia de la Nueva Verdad instaurará una dictadura religiosa con su propio y amado líder –¿Rumbo al infierno es una alegoría sobre los vecinos del norte?– y cada demostración se convertirá en un ritual sagrado viral al cual rendir culto, que contará tanto con la complicidad de los medios de comunicación y de las autoridades como con la admiración –y el temor– del piadoso pueblo.

La nueva verdad es más confortadora, creíble y poderosa que la vieja. No por nada, los protagonistas de Rumbo al infierno son un policía –el actor Jang Ik-june–, una abogada –Kim Hyun-joo– y un productor de informativos –al fin y al cabo, un periodista –Park Jung-min–: tres oficios consagrados –o así debería ser– a la búsqueda, el cuidado y la defensa de la antigua verdad. Se enfrentarán a este nuevo estado criptomedieval del siglo XXI dotado de la más alta tecnología para controlar, perseguir y procesar impíos. La Santa Inquisición armada con red 5G.

Cobarde pecador

Los tres matones del Hades no se conforman con mandar al infeliz de turno de cabeza a la tortura eterna, antes le propinan una buena somanta de palos hasta convertir el delicado cuerpo humano en una masa informe y sanguinolenta. Una excusa perfecta para incluir en la serie unas buenas dosis de alegre gore –¿Jugarán los niños en el recreo a Rumbo al infierno?–. Este acto de violencia sacralizada no solo condena, también humilla, despojando a la víctima de su cuerpo, un pedazo de carcasa requemada e incorrupta que se exhibirá como reliquia.

Los individuos sentenciados y estigmatizados se esconden y huyen para que su demostración acontezca en la intimidad. Sufren por su destino anunciado, pero en una sociedad donde cada miembro es medio y a la vez mensaje –o contenido–, el auténtico temor es la exposición no consentida, saberse parte de un grotesco espectáculo de masas aleccionador para consumo rápido.

Al borde del abismo, los condenados anhelan la privacidad perdida. Un derecho, por cierto, amenazado –o que está “evolucionando”, como probablemente diría el presidente de La Nueva Verdad con una mueca tensa que pretendería ser una sonrisa apaciguadora–.

Repetir lo que se cuenta y contar lo que se repite

Valga este retruécano no muy inspirado para evidenciar el gran pecado de esta serie –que también comparte con buena parte del cine surcoreano más mainstream, no descubrimos nada–: su agotadora redundancia. La insistencia en repetir situaciones, los larguísimos diálogos sobre-explicativos y los visibles encajes de guión.

Si Train to Busan es precisa como un AVE Madrid-Barcelona a primera hora de un lunes y Península, más bien briosa como un camión de reparto sorteando baches, Rumbo al infierno se antoja como un media distancia Badajoz-Madrid: arranca, para, se atasca, etc. No avanza, pero milagrosamente llegas al destino. Un poco cansado, eso sí.

Pese a ello, la dirección de Yeon Sang-ho consigue imponerse sobre la escritura de vez en cuando y recuperar nuestra atención con lo que mejor se le da: alguna secuencia de acción que acelera la sangre, ciertos momentos de horror urbano bastante inspirados y un negro sentido del humor. 

Esta primera temporada sabe a poco, no exactamente porque deje con ganas de más: la premisa es original y agradecidamente rocambolesca, pero, con los candentes temas que plantea, debería haber dado bastante más de sí, con una escritura más sólida. Puede que Yeon Sang-ho se esté guardando un as en la manga –va a tener que ser un as genial– para cuando se le conceda la oportunidad de redimirse con una segunda temporada. ¿La habrá? Si Dios (Netflix) quiere.